Sor Pilar habló con una calma que nos heló a todas; pude ver cómo Dayana se sentía incómoda con las palabras de aquella monja, pero al mismo tiempo no se atrevía a decir absolutamente nada.
—Sor Pilar, por favor, no diga esas cosas. Sabe bien que desde que mi abuela falleció el negocio se vino abajo, pero estoy tratando de mantener las cosas a flote.
—Tú nunca fuiste la más indicada para manejar la pastelería que tu abuela te dejó y eso lo sé muy bien. Si tan solo te hubieras llevado bien con…
—¡Ni la mencione! —ella se rehusó por completo a lo que Sor Pilar iba a decir—. Esa es una mujer que ni siquiera vale la pena mentar.
—En serio que esa soberbia no te va a llevar a ningún lado, pero está bien, dejemos ese tema de lado. —Sor Pilar me miró a mí. —Querida, si gustas te puedes ir, ya tu presencia aquí no es necesaria.
Me fui sin pensarlo mucho; no quería estar viendo a una mujer así de dañina. Al final de cuentas, no tenía tampoco por qué soportarla.
Manejé hasta el apartamento y, a