No respondí a su pregunta, solamente besé su cuello como si mi vida dependiera de ello. La punta de mi lengua se deslizó sobre la piel nívea de este hombre que parecía darme una invitación.
—Brielle, no puedo creer que hagas esto —declaró con voz ronca mientras sus manos me tomaban de la cintura para acercarme más a él—. ¿Eres consciente de lo que estás haciendo?
—No hables tanto, en serio que no. Porque mi cordura va a arruinar el momento si toma las riendas del asunto.
Terminé de quitar su camisa; los pectorales que este hombre tenía eran tan duros que parecía ser un roble en el que querías comer toda la vida y mordisquearlos a tu antojo.
Deslicé mis manos debajo del agua y ahí sentí su abdomen que tenía los cuadros bien marcados de una manera que parecía que todo había sido cincelado por el mismo Miguel Ángel.
—¿Qué esperas para tomar las riendas del asunto? —mis labios susurraron cerca de sus labios y lo miré directamente a los ojos que estaban a unos cuantos centímetros de distan