Cuando salí del aeropuerto, percibí el aroma familiar antes de siquiera verlo.
Mi hermano, el alfa Damián.
Con el teléfono pegado al oído, estaba recargado en su camioneta SUV negra mate.
En cuanto me vio, sus ojos se fijaron en los míos y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Sin decir nada, estiró la mano y despeinó mi cabello como si aún fuera su hermanita, esa que solía morder las patas de la mesa en las noches de luna llena.
—Sí, acaba de aterrizar. —Decía al teléfono. —No le he pregunt