Mi hermano no preguntó qué había dejado para Tomás. Sabía que no se lo diría.
La verdad era que no podía.
Si alguna vez descubriera lo del cachorro que perdí —ese cuya existencia fue negada por el hombre que prefirió una mentira ajena a nuestra verdad—, perdería el control. Y yo no quería que incendiara el mundo. Aún no.
La noche en que terminé en el hospital… dioses. Todavía recuerdo el olor a cloro y sangre. Estaba acurrucada en esa cama demasiado blanca, con mi loba gimiendo en lo más profund