Nicola
El despacho olía a madera, a cuero y a pólvora. Era un aroma familiar, casi reconfortante, el único lugar donde el caos del mundo parecía obedecer a reglas claras.
Me quedé de pie junto al ventanal, observando Palermo desde lo alto, con las manos apoyadas en la espalda y la mente en varios movimientos por delante de todos.
Fue entonces que Bianca irrumpió sin llamar.
No levanté la vista, me quedé en mi lugar sin siquiera mover un músculo.
—Quiero saber dónde está Lorenzo —exigió, sin r