Valentina
Estábamos en la cocina, Vittoria y yo, cenando juntas.
El sonido de pasos firmes interrumpió nuestra pequeña burbuja de normalidad. Un guardia entró en la cocina, su rostro tenso y sin rastro de la habitual neutralidad que mantenían frente a mí.
—Código negro, señora —dijo manteniendo la calma a pesar de la urgencia—. Cinco minutos.
Mi corazón se aceleró, pero mi rostro no mostró nada. No podía entrar en pánico frente a mi niña.
—Entendido —respondí con un simple asentimiento.
El gua