Nicola
—Quiero que lleven a mi mujer y mi hija a los destinos seguros —dije al teléfono, sin apartar la mirada de la calle desde la ventana de mi oficina.
Esto era parte del protocolo: en cuestión de minutos, cinco autos saldrían de mi casa, cada uno con una ruta que conocerían en el último momento.
Uno llevaría a mi mujer, otro a principessa, y los demás serían señuelos. Si alguien nos estaba espiando, no sabría en cuál estaban.
Escuché la afirmación al otro lado de la línea. Corté la llamada