Nicola
Mi atención seguía en mi esposa, que aún estaba a mi lado, con su cuerpo relajado contra el mío.
No quería soltarla.
Después de todas las discusiones que habíamos tenido, este era un momento de tregua algo muy valioso como para dejarlo ir tan rápido.
—Bueno, ya es hora de soltarla —dijo una voz conocida detrás de mí.
Giré la cabeza y vi a Bianca acercarse con una sonrisa divertida.
—¡Oye! Tú no me das órdenes —respondí, arqueando una ceja mirándola con fingida seriedad.
—¡Claro que sí!