Me arrastró con una fuerza bruta, su brazo apretando mis costillas hasta que me faltó el aire. Fui lanzada contra el capó de un sedán estacionado en la penumbra, un impacto metálico que reverberó por toda mi columna.
—¡Suéltame! —intenté gritar, pero su mano volvió a aplastar mi boca, ahogando cualquier sonido contra la palma áspera que olía a tabaco.
Victor se lanzó sobre mí, usando el peso de su propio cuerpo para sujetarme contra la carrocería fría. Yo forcejeaba, pateaba, intentaba morder s