El despertar no fue suave. Fue un choque de realidad que comenzó por los sentidos: el aroma de las sábanas de algodón egipcio, el silencio absoluto de un aislamiento acústico de alta gama y la sensación de un vacío inmenso a mi alrededor. Cuando abrí los ojos, no vi el techo bajo de mi habitación en Mirante. Vi un techo de gran altura, molduras de yeso con iluminación indirecta y una amplitud que me hizo sentir minúscula.
Me senté en la cama, sintiendo un peso extraño en el cuerpo. Llevaba pues