El sonido era lo que más me asustaba. No eran gritos, eran golpes secos y sordos. Cuando finalmente logré abrir los ojos y enfocar la visión a través del empañado de las lágrimas, vi la escena que parecía salida de una pesadilla: Victor estaba tirado en el suelo, encogido en posición fetal, recibiendo una sucesión de patadas brutales de Alex.
Alex no solo se estaba defendiendo o protegiéndome; estaba castigando. Cada uno de sus movimientos estaba cargado de una violencia precisa, técnica, pero