Mundo ficciónIniciar sesiónLa biblioteca de la Manada Luna Ancestral era mi refugio y, a la vez, mi prisión más visible dentro de aquel enorme complejo de piedra. Tras la abrupta e inquietante visita de Xavier, la tensión acumulada en mis hombros y en la base de mi cuello se había vuelto casi insoportable, un peso físico que amenazaba con hacerme flaquear las piernas. Él no me había creído en absoluto. Cuando le sostuve la mirada y le aseguré firmemente que no tenía secretos que ocultar, la mueca gélida y la mirada calculadora que destelló en sus ojos de hielo me habían dejado sumamente claro que él sabía, con la infalible certeza de un Alfa, que yo estaba mintiendo.
Sabía perfectamente que él me vigilaba de cerca, que no me quitaba los ojos de encima de forma directa o indirecta. Lo sabía no solo por su denso y abrumador olor a Alfa dominante que continuaba impregnando de manera invisible cada rincón del aire entre los estantes, sino porque cada Beta, Gamma o rastreador que pasaba casualmente por el pasillo exterior se detenía un segundo para echarme un vistazo rápido, casi furtivo y cargado de sospecha a través de la puerta entreabierta. Para ellos, yo era la intrusa desahuciada, la paria sin nombre, la Omega maldita que, con su mera presencia andrajosa, había contaminado y perturbado el aura de poder del temido y respetado Alfa de la manada. Me obligué a continuar con la tarea encomendada y limpié uno a uno los pergaminos históricos más antiguos, concentrándome al máximo en la textura rugosa del papel viejo y el cuero gastado bajo las yemas de mis dedos. Era una tarea puramente metódica, monótona y silenciosa, perfecta para encajar en mi desesperado plan de invisibilidad y camuflaje. Sin embargo, el brutal esfuerzo físico acumulado a lo largo del día estaba pasándome una factura demasiado alta. Había pasado toda la madrugada y la mañana encerrada en el calor sofocante de la cocina principal, fregando pesadas ollas de hierro fundido con las manos agrietadas y moviendo de un lado a otro grandes sacos de patatas que eran, por mucho, demasiado pesados para mi anatomía desgastada. Ahora, la limpieza y reorganización de la biblioteca requería que levantara y acomodara volúmenes macizos de enciclopedias y crónicas de cuero. Mi propio cuerpo sencillamente no estaba respondiendo como de costumbre; se sentía pesado, lento, sin las reservas de energía habituales de un licántropo. Me incliné despacio para recoger una pila de volúmenes de tapa dura que descansaban en el suelo, y en ese preciso instante, una punzada aguda, un calambre violento y punzante me recorrió el bajo vientre de lado a lado. Me detuve en seco, quedando suspendida en el aire, apretando los dientes con tanta fuerza que sentí dolor en la mandíbula para no soltar un grito. No era el dolor externo de la herida abierta en mi hombro por el alambre de púas; era algo interno, sordo, profundo y alarmante que, por fortuna, desapareció tan rápido como había llegado, dejándome un rastro de sudor frío. *«Solo es el esfuerzo físico, Madeline. Solo estás exhausta»*, me repetí una y otra vez en mi mente como si fuera un mantra de salvación, pero mis manos temblaban de forma evidente y descontrolada mientras sostenía los libros. Había pasado casi una semana completa desde mi traumático destierro de la Manada Juvik, y la náusea matutina se había convertido ya en una incómoda, constante y pavorosa compañera de rutina. La aversión absoluta por la carne se había vuelto tan sumamente fuerte y visceral en los últimos días que mi estómago la rechazaba de inmediato; ahora solo podía tolerar pasar los días comiendo pequeños trozos de pan seco y manzanas verdes, si es que tenía la suerte de encontrarlas en los restos de la cocina. Los lobos somos depredadores por naturaleza, carnívoros natos cuyo organismo exige proteína; el hecho de que mi cuerpo sintiera un rechazo tan nauseabundo hacia la carne era la prueba más clara, irrefutable y biológica de que algo en mi interior había cambiado de manera fundamental e irreversible. Me recosté pesadamente contra la sólida estantería de cedro durante un largo momento, cerrando los ojos y respirando profundamente para estabilizar mi pulso acelerado. No podía permitirme el lujo de que la fatiga o un desmayo me delataran ante los ojos de los guardias de Xavier. El simple hecho de pensar en el niño me sumía de inmediato en un terror silencioso, helado y asfixiante. ¿Qué haría el implacable Xavier Tomicik si llegaba a enterarse de que en mi vientre llevaba y protegía a un cachorro de su peor enemigo, el Alfa Weide? Me desterraría de sus tierras sin dudarlo un solo segundo, me arrojaría de patitas a la nieve profunda, y esta vez, el bosque y el frío no serían mis únicos depredadores al acecho. Si era expulsada, Weide no tardaría en enterarse por sus rastreadores de que su hijo bastardo estaba ahí afuera, vivo, y vendría ciegamente por mí con toda su manada para reclamar lo que él consideraba su legítima e indiscutible ‘propiedad’. Mi única línea de protección y supervivencia en este mundo cruel era, paradójicamente, el mismísimo Alfa que me odiaba y despreciaba con cada bocanada de aire. El Vínculo de la Madre Luna era su prisión tanto como la mía, una cadena mística que él, por muy poderoso que fuera, no podía ignorar ni romper a la ligera. Si conseguía ocultar con éxito el avance del embarazo el tiempo suficiente, tal vez... solo tal vez, podría ganarme un mínimo de su aceptación o utilidad dentro de la manada antes de que la terrible verdad saliera inevitablemente a la luz del día. Sentí el aroma característico de Xavier impregnar el pasillo mucho antes de que la pesada puerta de madera de la biblioteca se abriera de par en par. Esta vez, su fragancia a pino y tormenta era muchísimo más potente que antes, más afilada y cargada de una vibración agresiva. Evidentemente, acababa de regresar de una intensa cacería o de un patrullaje pesado por las fronteras, y su humor nunca era bueno cuando el Vínculo místico lo molestaba y tiraba de su cordura desde mi posición. —Madeline. —Su voz sonó seca, cortante como el chasquido de un látigo de cuero en el silencio de la sala. Me giré despacio para encararlo, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a latir con una fuerza desbocada contra mis costillas. Me había llamado directamente por mi nombre de pila, y no por mi rango inferior de Omega. Aquella era una sutil, pero jodidamente aterradora señal de que estaba prestándome demasiada atención, analizándome más de lo debido. Xavier estaba apoyado firmemente contra el marco de la entrada, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho. Vestía sus ropas de trabajo oscuras, las cuales estaban cubiertas de tierra húmeda, hojas secas y restos de corteza del bosque. Había una pequeña herida superficial, un rasguño de rama, en su antebrazo derecho que ya se estaba curando a la vista gracias a su acelerada regeneración de Alfa. —Alfa Xavier —respondí en un tono sumamente medido, obligándome a mantener mi voz firme y estable a pesar de la terrible debilidad que amenazaba con hacerme flaquear. —Estás sudando en exceso. Y tus manos están completamente pálidas —sentenció, clavando sus ojos de hielo directamente en mí. Su mirada era un auténtico escáner, un examinador implacable que buscaba cualquier anomalía. Me limpié apresuradamente las gotas de sudor de la frente con el dorso de la mano temblorosa y mentí, sin dudarlo un solo segundo, usando el tono más convincente que poseía. —Hace demasiado calor en este rincón de la sala, Alfa. Y la verdad es que no estoy acostumbrada a cargar y mover estos pesados volúmenes de historia. Él no se movió de su posición en el umbral, ni relajó la postura; solo se limitó a estudiarme en un silencio sepulcral que me erizó los vellos de los brazos. Pude sentir perfectamente el poder de su desarrollado olfato trabajando a máxima capacidad, analizando las partículas del aire. Él estaba oliendo mi debilidad física, percibiendo el rastro de mi aversión absoluta a la carne que todavía se desprendía levemente de mis ropas tras mi jornada en la cocina. —Los lobos no se cansan ni se fatigan tan fácilmente con tareas domésticas, Madeline —dijo con voz grave, dando un paso lento pero firme hacia adelante. Su imponente cercanía física me obligó a retroceder ligeramente de forma instintiva, paso a paso, hasta que la tela de mi vestido gris tocó los estantes de madera a mi espalda, dejándome sin escapatoria. —Soy una simple Omega. Mi fuerza física es naturalmente inferior a la de cualquier otro —respondí de inmediato, utilizando la rígida jerarquía de nuestra especie como mi coartada perfecta. Era la verdad innegable de nuestra naturaleza, pero en este preciso instante, era también mi arma más segura para desviar sus sospechas. Xavier entrecerró sus ojos azules, evaluando mis palabras, y por un momento noté el claro conflicto reflejado en las facciones de su rostro rudo. La parte del Alfa dominante que exigía perfección y fuerza en su territorio se enfrentaba directamente a la parte lógica de él que sabía perfectamente que una Omega era, por biología, significativamente más débil y frágil. Por primera vez en mi vida, el cruel prejuicio de nuestra especie hacia mi rango me estaba salvando de la destrucción. —El Vínculo te hace valiosa para mi lobo, y esa evidente debilidad física te vuelve sumamente vulnerable ante cualquiera. No necesito que te desmayes en mitad del corredor y me causes un problema innecesario de atención en la manada —declaró con crudeza, no con una pizca de afecto o preocupación real, sino con una profunda e indiscutible irritación política. Metió la mano en su bolsillo y sacó una botella de agua de metal—. Bebe esto de inmediato. Y en cuanto termines de acomodar este sector, bajarás a limpiar el sótano principal. Necesito que hagas un trabajo que no requiera que pienses, sino que te limites a obedecer mis órdenes. Puso la botella de metal con un golpe seco sobre la mesa de lectura más cercana y se dio la vuelta, marchándose del lugar tan rápido y silencioso como había llegado. Su profundo desprecio era, irónicamente, mi mayor bendición en este momento; mientras Xavier continuara viéndome únicamente como una Omega débil, inútil y problemática, no sospecharía jamás que en mi vientre llevaba algo mucho más grande que mi propia desgracia. Recogí la botella de metal con dedos torpes y sentí el frío reconfortante del agua transmitirse a mis manos febriles. Pero el alivio psicológico fue efímero, un espejismo que se desvaneció al instante. Mañana me esperaba el sótano de la mansión. Eso significaba más esfuerzo físico, más humedad, cargas pesadas y más posibilidades de colapsar frente a los demás. Tenía que ser infinitamente más cuidadosa a partir de ahora. El secreto que cargaba era un reloj de arena implacable, y el tiempo, lenta pero firmemente, se me estaba acabando.






