Capítulo 4: Xavier

El orden era mi credo absoluto, el pilar inquebrantable sobre el que había construido mi reputación y la estabilidad de mi territorio. Como Alfa de la Manada Luna Ancestral, mi vida entera se regía por horarios estrictos, patrullajes milimétricamente calculados y decisiones puramente racionales, desprovistas de cualquier sentimentalismo. Cada engranaje de mi día a día debía encajar a la perfección. El Vínculo, sin embargo, era el caos en su estado más puro y destructivo, una fuerza indomable que amenazaba con hacer saltar por los aires todo mi control.

Había pasado la mañana entera encerrado en la Sala del Consejo, rodeado de mis hombres de confianza, intentando con todas mis fuerzas enfocarme en los informes de las fronteras norte y las nuevas rutas de caza para el invierno. Fue un esfuerzo completamente inútil. Mi lobo aullaba con fuerza justo bajo la superficie de mi piel, no con un sentimiento de amor o romanticismo, sino con una posesividad territorial tan salvaje y primitiva que me ponía los nervios de punta. Sabía exactamente en qué coordenadas exactas se encontraba Madeline en cada segundo. Podía olerla con una nitidez pasmosa, incluso a través de los gruesos muros de piedra de la casa principal. Era un suave, sutil y persistente aroma a bosque húmedo, mezclado ahora de forma discordante con el rancio y desagradable olor a jabón industrial que impregnaba por completo el ala de servicio donde la había confinado.

Sentía la necesidad constante, física y biológica, de ponerme de pie y verificar con mis propios ojos que seguía exactamente en el lugar donde la había dejado, sana y salva de cualquier peligro. Era un instinto biológico dictado por la Madre Luna que yo despreciaba con cada fibra de mi ser, una debilidad que me negaba a aceptar.

—Alfa, ¿está escuchando lo que sugerimos? —La voz tensa y cargada de extrañeza de mi Beta, Damien, me sacó abruptamente de mi trance mental.

—Continúa con el informe —mascullé entre dientes, cerrando la carpeta de cuero que tenía entre las manos con muchísima más fuerza de la estrictamente necesaria, haciendo que el eco del golpe resonara en la mesa de roble.

Damien me observó fijamente, con el ceño fruncido y una indiscutible nota de preocupación en su mirada.

—Hablábamos de la Omega… de Madeline, Alfa. La manada entera está nerviosa, los rumores corren rápido. El Vínculo que emanan es demasiado fuerte como para ignorarlo. ¿Deberíamos anunciarle formalmente a la Anciana de la manada que la nueva Luna es, bueno… ella?

—No. —Mi respuesta fue un trueno seco que cortó el aire de la habitación, cargado con un deje de mi voz de mando—. Ella no es la Luna de esta manada, ni lo será. Es una Mate puramente biológica y punto. La Anciana sabrá lo que tenga que saber en el momento exacto en que yo lo decida, no antes. Nadie, absolutamente nadie en estas tierras, la honrará ni la tratará como una igual. Y Damien, controla de inmediato el cotilleo entre los guerreros. La próxima persona que escuche hablar sobre el estatus de esa mujer o sobre el Vínculo será castigada severamente.

Tenía que mantener la distancia a toda costa, no solo en el plano físico, sino de forma obligatoria en el emocional. El Vínculo me estaba exigiendo desde lo más profundo de mi ADN ternura, protección y aceptación hacia ella; yo, en respuesta, le daría un rechazo frontal y una autoridad implacable.

Después de dar por terminada la tensa reunión con el Consejo, mis pasos me dirigieron, casi sin quererlo y de forma inconsciente, hacia el ala este, donde se ubicaba la biblioteca. Me había encargado personalmente de ordenar que Madeline trabajara allí de inmediato tras terminar sus labores de limpieza pesada en la cocina. Intenté autoengañarme, diciéndome a mí mismo que necesitaba consultar urgentemente unos viejos pergaminos sobre las leyes de jerarquía intermanadas. Pero la verdad era mucho más simple y humillante: necesitaba verla con mis propios ojos, asegurar a mi lobo interno que su "propiedad" estaba intacta y bajo control, para que así mi mente pudiera recuperar un poco de razón y dejarme respirar en paz.

Me asomé con sigilo por la rendija de la pesada puerta de madera.

El cuarto era inmenso y silencioso, forrado desde el suelo hasta el techo de estanterías repletas de libros antiguos, con un aroma sumamente denso a papel viejo, pergamino y madera de cedro. Ella estaba allí. Se encontraba sentada en un taburete de madera bastante bajo, limpiando meticulosamente los estantes inferiores. Llevaba puesto un vestido de algodón de un tono gris apagado que le quedaba evidentemente grande, el uniforme discreto, viejo y desgastado que yo mismo le había mandado asignar para evitar que llamara la atención.

Madeline no se movía con la energía vibrante y la soltura de un Beta, ni mucho menos con la arrogancia innata y el orgullo de una Alfa. Se movía, en cambio, con la quietud forzada y calculada de alguien que intenta por todos los medios volverse invisible ante los ojos del mundo. Era rápida, silenciosa y metódica en sus movimientos, deslizando el paño húmedo sobre las superficies con una concentración que parecía absoluta.

La observé en silencio durante un largo minuto, resguardado en la penumbra del umbral.

Noté la forma inconsciente en que se mordía con fuerza el labio inferior, una pequeña señal de tensión que mi lobo registró de inmediato como un signo de angustia, obligándome a apretar los dientes. Noté también que, incluso bajo el amparo de esa ropa holgada y desproporcionada, su cuerpo era pequeño, delgado, casi frágil ante el entorno. Y entonces, mi mirada se detuvo en la pequeña cicatriz curva que marcaba la piel en la base de su cuello. Era, sin lugar a dudas, una herida causada por los colmillos de un lobo. Mi mente racional y calculadora me dijo de inmediato que un Alfa de Juvik podría haberla marcado a la fuerza como suya para luego repudiarla y echarla; mi lobo, por el contrario, sintió una punzada violenta de rabia protectora que me hizo tensar las manos en puños, deseando destrozar al causante de esa marca.

Ella no había notado en absoluto mi presencia en la habitación, sumida en su labor.

Di un paso firme hacia el interior, y el crujido de la madera antigua bajo el peso de mi bota militar hizo que se sobresaltara de golpe. Se dio la vuelta con la rapidez y los reflejos eléctricos de un animal acorralado que presiente el ataque.

—Alfa Xavier —dijo de inmediato, poniéndose de pie en un acto reflejo de sumisión. No me miró directamente a los ojos, sino que, siguiendo las reglas no escritas de la jerarquía, fijó su mirada un poco más abajo, en mi hombro derecho. Sumisión pura.

—¿Estás trabajando? —Mi pregunta era retórica, estúpida e innecesaria, pero necesitaba imperiosamente oír mi propia voz de mando para anclar la realidad y frenar los impulsos de mi lobo.

—Sí. Estoy reorganizando todo el sector de historia y limpiando el polvo acumulado en los pergaminos antiguos —respondió en un tono de voz extremadamente bajo, casi inaudible en la inmensidad de la sala.

—¿Y las labores de la cocina? —inquirí, manteniendo el tono seco.

—Terminé con todo antes del mediodía.

Su desconcertante eficiencia me tomó por sorpresa. No era, ni de cerca, la Omega perezosa, descuidada y problemática que yo había esperado recibir para justificar mi desprecio. Pero su rapidez y su sumisión fingida solo reforzaron mi convicción: debía vigilarla muy de cerca. Su silencio sepulcral era la forma en que un depredador astuto se camuflaba en terreno hostil. ¿Qué demonios estaba escondiendo tan celosamente, además de su obvio pasado de destierro en la Manada Juvik?

Di un paso más, acortando la distancia que nos separaba. En cuanto lo hice, el Vínculo se encendió como una llamarada entre nosotros, y el aroma a bosque húmedo me envolvió por completo, inundando mis sentidos. Era la fragancia exacta de mi hogar, de mi Mate definitiva, y me provocó náuseas el tremendo y violento deseo que me generaba el simple hecho de tenerla cerca.

—Aquí no vas a encontrar un refugio pacífico, Madeline. —Me acerqué aún más, reduciendo el espacio hasta que solo nos separaban unos pocos centímetros de distancia. Era una prueba de resistencia para ambos, un desafío—. Estás en mi manada, bajo mis estrictas reglas. Cualquier secreto que intentes esconder de mí, ten por seguro que se convertirá en mi arma para destruirte.

Ella levantó lentamente la mirada, rompiendo por un segundo la sumisión, y en sus ojos de caramelo quemado vi destellar ese fuego del que ya me había advertido el Vínculo. Desafío puro.

—No tengo ningún secreto que ocultar, Alfa. Solo tengo mi pasado. Y usted ya lo conoce a la perfección. Fui desterrada de mi manada. Solo eso.

Mentira. Sentí la falsedad flotando claramente en el aire, una vibración extraña que delataba sus palabras. Había algo más, algo pesado y oculto que se guardaba para sí misma.

La tensión entre los dos se volvió tan densa, opresiva y magnética que en el silencio de la biblioteca casi pude oír el sutil susurro de nuestras ropas con cada respiración. Mi lobo me exigía a gritos inclinar la cabeza, eliminar la distancia restante y reclamar su boca para marcarla definitivamente. Mi voluntad, sin embargo, se hizo de acero, imponiéndose sobre la bestia.

—Bien. Limítate a hacer bien tu trabajo —ordené con brusquedad, rompiendo de golpe el contacto visual y retrocediendo para alejarme de su cercanía.

Me retiré del lugar con pasos rápidos y decididos, saliendo de la biblioteca y huyendo del alcance de su olor embriagador antes de perder el control.

Mi puño derecho golpeó con una fuerza descomunal la pared exterior de piedra del pasillo en cuanto doblé la esquina, liberando en ese impacto seco parte de la tremenda frustración que me carcomía. Ella estaba metida en mi casa, instalada en mis pensamientos más profundos, y su sola existencia representaba un sabotaje directo a mi orden establecido. Una simple Omega. Y mi lobo la quería desesperadamente para sí. Esto era un auténtico tormento.

Tenía que idear un plan perfecto y efectivo para mantenerla a raya de una vez por todas. Necesitaba, por el bien de la manada y el mío propio, que ella me odiara con la misma intensidad con la que yo la despreciaba. Solo fomentando ese muro de rencor mutuo podríamos mantener el equilibrio.

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