Una semana entera. Había transcurrido una semana exacta desde que mi mano se posó por primera vez sobre el cabello castaño de Xavier y mi boca pronunció aquella calculada promesa de "paz". Siete noches consecutivas durmiendo profundamente anidada en el hueco de sus brazos, sintiendo mi espalda perfectamente pegada a la firmeza de su pecho y su mano —esa mano de Alfa que poseía la fuerza bruta para aplastar mis huesos sin esfuerzo— posada de forma constante y pesada sobre el vientre que albergab