La rutina se instaló sobre nosotros con la rigidez inquebrantable de una armadura medieval. Despertar cada mañana con Madeline perfectamente acunada en el hueco de mi brazo se había convertido, de manera casi alarmante, en la única forma posible de que mi lobo encontrara una paz auténtica en mitad del caos. Su calor corporal, su aroma único —una densa mezcla de canela silvestre y la dulzura metálica de la vida que florecía en su interior— se había transformado en mi droga más adictiva y necesar