Me desperté en mitad de la oscuridad más absoluta de la madrugada, un vacío donde el tiempo parecía haberse detenido. Sin embargo, y por primera vez en meses de angustia constante, no sentí ni rastro del terror que solía atenazar mis noches en este castillo.
Estaba acurrucada, cálida, completamente rodeada por un volumen de energía que se sentía como una fortaleza. El peso de un brazo fuerte, musculoso y pesado, me sujetaba contra un pecho tan firme y amplio como una muralla de piedra. La mano