El aire fresco del atardecer en los jardines principales no disipó la rabia que me quemaba; solo la enfrió, volviéndola acerada, rígida y peligrosamente afilada. Mi decisión estratégica de sacarla de la suite no había sido, bajo ninguna circunstancia, un acto de bondad o cortesía, sino una medida de pura necesidad operativa. El Vínculo, amplificado hasta límites insoportables por nuestra estrecha proximidad física en la oficina, me estaba volviendo un ser irracional. Necesitaba imponer una dist