La oficina de Xavier era la manifestación física más pura de su mente militar: minuciosamente ordenada, poderosa y fríamente elegante. La luz invernal entraba de lleno por los grandes ventanales, iluminando un inmenso escritorio de madera de roble macizo y diversos mapas territoriales detallados que colgaban clavados en las paredes. El aire, en este santuario de máxima autoridad y decretos, olía puramente a él; un dominio abrumador, denso y constante de pino silvestre y hielo cortante.
Me había