El calor residual de la mano grande de Xavier envuelta en la mía todavía me quemaba la piel con una intensidad alarmante en la soledad del cuarto. Aquello no había sido una demostración burda de posesión o dominio territorial; había sido un auténtico y devastador consuelo. Y luego estaba su promesa, esa frase lapidaria que continuaba flotando en el aire como un eco bendito y maldito a la vez: *“Te juro, Madeline, que nadie más te dañará.”*
Estaba mintiendo descaradamente sobre mi verdadera cond