Dante no se movió de la biblioteca durante varios minutos después de que Matteo se retirara. El silencio se volvió incómodo y pesado, como si las paredes mismas hubieran absorbido cada palabra pronunciada y ahora se las devolvieran en forma de eco sordo.
“ Un caballero no hace llorar a la mujer que quiere. ”
La frase no dejaba de repetirse en su cabeza, una y otra vez, como un latigazo que no terminaba de caer. Dante apoyó los codos sobre las rodillas, entrelazando las manos frente a su boca.