Dante había arrastrado a Valentina y a Matteo de nuevo a la villa, a la propiedad de Vincenzo Santino se alzaba entre cipreses altos y perfectamente alineados, como soldados que hubieran jurado lealtad hace décadas y nunca hubieran roto filas. No era una casa. Era una declaración arquitectónica, piedra, orden, permanencia. Nada se movía sin permiso.
“Esto no estaba así antes…”, pensó Valentina para sí misma mientras analizaba de nuevo lo que tenía enfrente.
El coche negro en el que se movieron,