El sol comenzaba a bajar, tiñendo de dorado los altos ventanales de la villa, como si alguien hubiera derramado miel líquida sobre el mármol y el cristal. La luz entraba en oblicuas y cálidas, alargando las sombras de los muebles antiguos hasta convertirlos en siluetas amenazantes que se estiran por el suelo de parqué.
En el centro de la sala de juegos, Matteo permanecía absorto frente a Vincenzo. El tablero de damas parecía demasiado grande para las manos pequeñas del niño, pero él lo manejab