Por otro lado, Matteo ya había entendido algo importante sobre Vincenzo.
A él le gustaba hablar.
No demasiado, no de forma obvia, pero sí lo suficiente.
Le gustaba explicar cosas, corregir, sentirse escuchado y, sobre todo, le gustaba que lo miraran con esa mezcla de curiosidad y respeto que él mismo cultivaba en los demás.
Matteo había aprendido a usar eso a su favor, no era un niño común, y ambos lo sabían, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
La tarde estaba tranquila en la villa.
El soni