Horas más tarde, cuando la calma volvió a reinar tanto para Valentina como para Matteo…
Sicilia permanecía suspendida en una oscuridad azulada, esa franja incierta donde la noche se resiste a morir y el día todavía no se atreve a nacer. El mar, apenas visible desde la terraza de la suite, respiraba lento, con olas suaves que chocaban contra los acantilados como un latido, un pulso que parecía sincronizarse con el de Valentina, aunque el suyo era irregular, entrecortado por dudas que no se atrevía a nombrar.
Valentina no había dormido. Estaba sentada junto a la ventana, envuelta en una bata de seda clara que se adhería a su piel como una segunda capa de incertidumbre.
Los pies descalzos sobre el mármol frío del suelo le recordaban que estaba anclada a la realidad, que no podía flotar lejos de allí, por mucho que lo deseara.
La suite era un santuario de lujo impersonal, paredes en tonos crema, muebles minimalistas, flores frescas que alguien había colocado durante la noche sin qu