Capitulo 127

En el campamento de Imhotep, el General Nakht golpeaba a sus hombres con la misma furia que reservaba para el enemigo. Su rostro estaba surcado por la barba de tres semanas y la mugre de la batalla.

—¡Cobardes! —rugió a un grupo de soldados que se quejaban de la falta de raciones—. ¡Vuestra fe es débil! ¡Amón no los alimentará si sus entrañas rugen por el miedo! ¡Coman polvo si es necesario! ¡Pero luchen!

Imhotep, por su parte, observaba a sus hombres desde la distancia, con su rostro inexpresivo. La victoria de Ahmose sobre la división de Nakht había sido un golpe, pero no el definitivo. La fe de sus seguidores se mantenía, alimentada por sus sermones nocturnos y la promesa de una purificación sangrienta. La muerte era un sacrificio glorioso para ellos, no una derrota.

El desgaste era evidente en todos. Las armas se mellaban, las armaduras se rompían, los cuerpos se debilitaban. Las enfermedades de campamento, la disentería y la fi
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