Capitulo 126

Ahmose y Khafra, iluminados por el resplandor de las llamas, observaron la destrucción. Los gritos de desesperación de los rebeldes se ahogaban en el fragor del fuego. La fortificación secundaria de Imhotep era ahora una pira ardiente.

La retirada fue tan silenciosa como la llegada. Los hombres de Ahmose se desvanecieron en la noche, dejando atrás la fortificación en llamas.

El desierto era implacable y eterno y se había convertido en el escenario de una carnicería prolongada. Un mes. Un ciclo de sol abrasador y noches gélidas había pasado desde que Imhotep levantara su estandarte de rebelión. Un mes de avances y retrocesos, de victorias pírricas y derrotas amargas. El aire estaba denso con el olor a polvo, a sudor rancio, a heridas supurantes y a la tenue fragancia de la muerte. Las dunas y las crestas rocosas, antes inmóviles, ahora estaban marcadas por la sangre derramada y los cuerpos sin sepultura.

El campame
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