Capítulo 85: Montañas de Sombra

El aire era frío y húmedo, pero no de ese frío seco que se cuela por las rendijas de las ventanas ni de ese rocío suave que refresca la mañana. Este era un frío vivo, denso y pesado, que se pegaba a la piel y parecía congelar la sangre en las venas. A cada inhalación, la humedad impregnaba los pulmones con un sabor metálico, como si la montaña misma sangrara y su esencia estuviera mezclada con la muerte.

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