Capítulo 4: Sombras del pasado

El eco de la música clásica y el tintineo de las copas de cristal de bohemia se volvieron un ruido blanco en mis oídos. El beso de Alexander aún quemaba en mis labios, un recordatorio punzante de que mi cuerpo no estaba siguiendo las órdenes de mi cerebro. Pero el verdadero peligro no era el hombre que me sostenía por la cintura, sino la figura que acababa de divisar cerca de las columnas de mármol.

Era Julián. Mi exnovio. El hombre que me había dejado cuando las facturas del hospital de mi hermano empezaron a acumularse, el mismo que me llamó "una carga emocional y financiera" antes de desaparecer de mi vida. ¿Qué hacía él en una gala de este calibre?

—Elena, estás pálida —la voz de Alexander llegó a mi oído, cargada de una sospecha inmediata. Sus ojos grises escanearon la sala, siguiendo la dirección de mi mirada—. ¿A quién estás viendo?

—A nadie —mentí, sintiendo que el aire se me escapaba—. Es solo que el vestido aprieta un poco.

Alexander no me creyó. Su agarre en mi cintura se volvió más firme, casi posesivo.

—No me mientas. Tu pulso se acaba de disparar y estás temblando. Si hay alguien aquí que pueda comprometer nuestro trato, necesito saberlo ahora.

Antes de que pudiera responder, Dimitri Volkov llegó hasta nosotros. El patriarca de la familia lucía una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una expresión que gritaba que estaba disfrutando de la incomodidad que generaba su presencia.

—Alexander, Elena —dijo Dimitri, asintiendo con la cabeza—. Ese beso en la entrada... un poco teatral para mi gusto, pero parece que ha convencido a los buitres de la prensa. Aunque, querida Elena, pareces haber visto un fantasma. ¿No te gusta el champán de diez mil dólares la botella?

—Me encanta, señor Volkov —respondí, forzando una elegancia que no sentía—. Es solo la emoción de la noche.

—Espero que sea eso. Porque he estado hablando con el consejo. Están dispuestos a ratificar el nombramiento de Alexander como CEO global el lunes, siempre y cuando la "noticia" que todos esperamos se confirme pronto. Alexander dice que están... trabajando arduamente en ello.

Sentí que mis mejillas se encendían. La implicación de Dimitri era tan directa que resultaba ofensiva. Miré a Alexander, esperando que dijera algo, pero él simplemente mantuvo su expresión imperturbable de piedra.

—No te preocupes, abuelo. Elena y yo entendemos nuestras responsabilidades —dijo Alexander con una voz que no dejaba lugar a dudas.

—Bien. Porque si no es así, tengo a otras candidatas en mente que Isabella estaría encantada de sugerir —soltó Dimitri antes de alejarse hacia un grupo de accionistas alemanes.

Me quedé helada. Alexander me arrastró hacia una esquina más privada del salón, lejos de los oídos curiosos.

—¿Quién es él? —preguntó de repente, sus ojos fijos en Julián, que ahora se acercaba lentamente hacia nosotros con una sonrisa de suficiencia.

—Se llama Julián. Es... alguien de mi pasado. No debería estar aquí. Trabaja en relaciones públicas para una firma menor.

—¿Tu ex? —la mandíbula de Alexander se tensó tanto que pensé que se rompería. No era celos, era el instinto de un depredador viendo una grieta en su defensa—. Elena, si ese idiota abre la boca para decir que eras una asistente muerta de hambre hace tres días, estamos acabados.

—No lo hará si sé cómo manejarlo —dije, aunque mi corazón martilleaba con fuerza.

Pero ya era tarde. Julián estaba frente a nosotros. Se veía diferente: un traje caro que claramente no podía costear y esa misma mirada manipuladora que una vez amé.

—¿Elena? ¿Elena Castillo? —dijo Julián, fingiendo sorpresa—. Vaya, el mundo es un pañuelo. No sabía que las empleadas editoriales recibieran invitaciones para las galas de los Volkov. ¿O es que has cambiado de profesión?

Alexander dio un paso al frente, ocultándome parcialmente con su cuerpo. El aura de poder que desprendía era sofocante.

—Soy Alexander Volkov. Y estás hablando con mi prometida. Sugiero que midas tus palabras si valoras tu carrera en esta ciudad.

Julián palideció al reconocer a Alexander, pero la envidia y el rencor ganaron la partida. Sabía que tenía una carta bajo la manga.

—¿Prometida? Vaya, Alexander, tienes gustos... interesantes. Elena es una experta en pedir dinero prestado, ¿sabes? Cuando estábamos juntos, no pasaba un día sin que llorara por las facturas de su hermano. ¿Ya te pidió que pagues sus deudas o eso vino incluido en el paquete de compromiso?

El silencio que siguió fue atronador. Isabella, que estaba cerca fingiendo beber de su copa, se acercó con una sonrisa triunfal.

—¿Deudas, Julián? Cuéntanos más —instó ella, con sus ojos brillando de malicia.

Sentí que el mundo se derrumbaba. Las miradas de los invitados cercanos empezaron a girar hacia nosotros. Alexander se mantuvo inmóvil, pero pude ver una vena latir en su sien. Estaba a punto de estallar.

—Elena no pide dinero —dijo Alexander, y su voz sonó como un trueno contenido—. Ella es la futura madre de mi heredero y la mujer que administrará la Fundación Volkov. Cualquier deuda que tuviera es ahora mi responsabilidad, porque todo lo que ella es, me pertenece. Y tú...

Alexander se acercó a Julián, reduciendo la distancia hasta que sus rostros estaban a escasos centímetros.

—Tú vas a salir de esta gala ahora mismo. Viktor —llamó Alexander sin apartar la vista de Julián. El chofer/guardaespaldas apareció de la nada—. Acompaña a este caballero a la salida. Y asegúrate de que su firma no vuelva a recibir un solo contrato de ninguna subsidiaria de Industrias Volkov. Jamás.

Julián intentó protestar, pero Viktor lo tomó del brazo con una fuerza que lo dejó sin aliento y lo arrastró hacia la salida ante la mirada atónita de los presentes. Alexander se giró hacia Isabella, que aún mantenía su sonrisa de suficiencia.

—¿Alguna otra pregunta, Isabella? ¿O prefieres que investigue quién te dio la lista de invitados para que pudieras traer a este tipo de basura a mi gala?

Isabella se dio la vuelta y se marchó sin decir palabra, pero su mirada prometía venganza.

Alexander me tomó de la mano y me llevó fuera del salón, hacia uno de los balcones que daban a los jardines. El aire frío de la noche me golpeó el rostro, ayudándome a no desmayarme. Me solté de su agarre y me apoyé en la barandilla de piedra, respirando con dificultad.

—Lo siento —susurré—. No sabía que él estaría aquí. Lo ha estropeado todo.

—No, no lo ha estropeado —dijo Alexander, colocándose detrás de mí. No me tocó, pero podía sentir su calor protegiéndome del viento—. Lo que él dijo... sobre tu hermano. Mañana será el chisme de la noche. Dirán que eres una cazafortunas que me usó para salvar a su familia.

—¿Y no es verdad? —me giré para enfrentarlo, con las lágrimas rodando por mis mejillas—. Eso es exactamente lo que soy, ¿no? Vendí mi vida por el dinero de la cirugía. Julián tiene razón, Alexander. Soy una carga.

Alexander se acercó tanto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás. Sus manos subieron a mis hombros, apretándolos con una mezcla de frustración y algo más profundo.

—Escúchame bien, Elena Castillo. Julián es un cobarde que no supo valorar lo que tenía. Tú no eres una carga. Eres la mujer más valiente que he conocido. ¿Sabes cuántas personas en esta sala habrían vendido a su propia madre por una fracción de mi fortuna? Tú lo hiciste por amor a tu hermano. Eso no te hace una cazafortunas, te hace alguien con quien puedo contar.

Me quedé sin palabras. Era la primera vez que Alexander mostraba algo parecido a la empatía. Sus ojos grises no eran fríos ahora; estaban llenos de una intensidad que me quemaba por dentro.

—Pero el consejo... Dimitri... —comencé a decir.

—Dimitri solo respeta el poder —me interrumpió—. Y esta noche, cuando te defendí, le demostré que eres importante para mí. El hecho de que "necesitaras" mi dinero solo hace que nuestra historia sea más creíble para ellos. Los hombres como nosotros amamos rescatar cosas, Elena. Nos hace sentir dioses.

Se acercó aún más, su rostro a centímetros del mío.

—Pero hay algo que debes saber. El juego ha cambiado. Después de lo de hoy, no podemos esperar seis meses para el embarazo. Necesitamos consolidar esto ahora. El lunes, después de que me nombren CEO, nos casaremos por lo civil. Sin fiestas, solo nosotros y los abogados.

—Alexander...

—Es la única forma de protegerte, Elena. Si eres mi esposa legal, Julián o Isabella no podrán tocarte. Y tu hermano tendrá la mejor atención médica del mundo de por vida. Pero a cambio...

Él deslizó una mano desde mi hombro hasta mi cuello, su pulgar acariciando mi mandíbula. El contacto mandó una descarga eléctrica a través de mis nervios.

—A cambio, dejarás de pelear conmigo. Dejarás de verme como el enemigo. Porque a partir del lunes, seremos uno solo contra el mundo.

Me quedé mirando sus labios, recordando el beso de hace una hora. Sabía que esto era una trampa de seda. Sabía que casarme con él legalmente me ataría de formas que el contrato inicial no preveía. Pero al mirar a Alexander, no vi al monstruo que creía conocer. Vi a un hombre que, a su manera retorcida, estaba tratando de salvarme tanto como yo trataba de salvar a mi hermano.

—Acepto —dije, con el corazón en la garganta—. Me casaré contigo, Alexander.

Él no sonrió. En su lugar, se inclinó y capturó mis labios en un beso que no tenía nada de fingido. Fue un beso hambriento, desesperado, un pacto sellado en la oscuridad del balcón mientras el resto del mundo conspiraba contra nosotros.

Cuando nos separamos, él me miró con una posesividad que me hizo temblar.

—Vamos adentro —dijo, su voz ronca—. Tenemos una gala que terminar. Y Elena... prepárate. Porque mañana, el mundo entero sabrá que Elena Castillo es la mujer que domó a Alexander Volkov. Y yo me encargaré de que nadie, ni siquiera tú misma, olvide a quién perteneces.

Entramos de nuevo al salón, con las manos entrelazadas. Yo caminaba con la cabeza alta, pero por dentro sabía que acababa de cruzar un punto de no retorno. Ya no era solo un contrato. Era una guerra de corazones donde el primer herido iba a ser yo.

Y mientras caminábamos bajo las luces de las lámparas de araña, no pude evitar notar la mirada de Dimitri Volkov desde lejos. No parecía satisfecho. Parecía alguien que acababa de ver cómo su pieza de ajedrez favorita empezaba a moverse por cuenta propia. El matrimonio era solo el principio. El verdadero infierno estaba por comenzar.

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