Capítulo 5: El eco del beso

El trayecto de regreso a la mansión Volkov fue el silencio más ensordecedor que jamás había experimentado. Dentro del coche blindado, el aire acondicionado zumbaba suavemente, pero la atmósfera entre Alexander y yo estaba cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.

Me piqué el labio inferior con los dientes. Todavía sentía el rastro del sabor de Alexander: una mezcla de whisky caro, menta y ese matiz metálico de peligro que parecía emanar de sus poros. Él no me miraba. Tenía la vista fija en la ventana, observando las luces de la ciudad que se desdibujaban a gran velocidad. Su mandíbula seguía tan tensa que parecía tallada en granito.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía.

Alexander no se movió, pero vi cómo sus dedos se apretaban sobre su rodilla.

—¿Hacer qué, Elena? ¿Salvarte de que ese idiota te humillara frente a toda la élite del país o asegurar que mi abuelo no nos echara a los lobos antes de tiempo?

—Hablo del beso —dije, girándome hacia él—. Y no me refiero al de la alfombra roja. Ese fue... publicidad. Hablo del beso en el balcón. No había cámaras allí, Alexander. No había nadie mirándonos.

Lentamente, Alexander giró la cabeza. Sus ojos grises estaban oscuros, casi negros por la falta de luz en el interior del coche. Me recorrió con una mirada que me hizo sentir que el vestido de seda desaparecía, dejándome expuesta a su juicio.

—Fue una forma de cerrarte la boca —respondió con una frialdad que me dolió más de lo que debería—. Estabas entrando en pánico. El pánico genera errores, y los errores cuestan millones en mi mundo. Consideralo un sedante preventivo.

Me reí, una carcajada seca y amarga que resonó en el espacio cerrado.

—Eres increíble. Ni siquiera puedes admitir un impulso humano sin envolverlo en terminología financiera. ¿Un sedante preventivo? Alexander, me besaste como si fueras a devorarme.

Él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal de golpe. Su perfume, esa mezcla de sándalo y autoridad, me nubló el juicio.

—No te confundas, Elena —susurró, su voz era un rugido bajo—. Que seas necesaria para mis planes no significa que seas especial. Tengo necesidades como cualquier hombre, y tú tienes un contrato que cumplir. Si decidí que esa era la forma de sellar nuestro acuerdo matrimonial legal del lunes, es porque era lo más eficiente. No busques sentimientos donde solo hay conveniencia.

Se alejó de nuevo justo cuando el coche se detenía frente a la mansión. Viktor abrió la puerta y Alexander bajó sin esperarme, caminando hacia la entrada con zancadas largas y decididas. Me quedé un segundo en el asiento, cerrando los ojos y contando hasta diez. Hazlo por Leo, me recordé. Hazlo por tu hermano.

Cuando entré al vestíbulo, Alexander ya estaba subiendo las escaleras, quitándose la chaqueta del esmoquin y arrojándola sobre la barandilla con un gesto de impaciencia.

—Mañana a las nueve vendrá el abogado —dijo sin girarse—. Se llama Marcus. Él redactará el contrato civil. Quiero que lo leas con atención, Elena. No habrá vuelta atrás una vez que pongas tu huella en esos papeles. Serás mi esposa ante la ley, no solo ante la prensa.

—¿Y qué pasa con la cláusula del heredero? —le grité desde abajo.

Él se detuvo en seco en el descanso de la escalera. Se giró lentamente, apoyando las manos en el pasamanos.

—Mi abuelo enviará a su propio médico para confirmar la... "actividad matrimonial" —dijo, usando un eufemismo que me hizo sentir náuseas—. No podemos fingir un embarazo para siempre, Elena. Eventualmente, tendremos que hacerlo realidad. Pero no será esta noche. No me gusta tomar lo que se me ofrece por desesperación.

Entró en su suite y cerró la puerta con un golpe firme.

Me quedé sola en la inmensidad del vestíbulo de mármol. Subí a mi propia habitación, sintiendo que los cristales del vestido pesaban una tonelada. Me deshice de la prenda con manos temblorosas y me puse una bata de seda blanca que Alexander había comprado para mí. Caminé hacia el ventanal y miré hacia el jardín, pensando en Julián, en Isabella y en la red de mentiras que se estaba tejiendo a mi alrededor.

De repente, un pensamiento me golpeó con la fuerza de un rayo. Julián sabía demasiado. Sabía de las deudas, sabía de mi hermano... y si Alexander lo había despedido de su firma, Julián no se quedaría de brazos cruzados. Era un hombre rencoroso que siempre buscaba a alguien a quien culpar de sus fracasos.

Sentí la necesidad de hablar con Alexander, de advertirle que debíamos ser más cuidadosos. Salí de mi habitación y caminé por el pasillo alfombrado hacia su suite. La luz se filtraba por debajo de su puerta. Dudé un momento, con la mano suspendida en el aire antes de tocar.

Toc, toc.

—Está abierto —dijo su voz, que sonaba extrañamente cansada.

Entré. La habitación de Alexander era un santuario de modernidad y lujo masculino. Él estaba sentado en un sillón de cuero frente a una chimenea apagada, con una copa de cristal en la mano y la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho. No me miró al entrar.

—Julián no se va a quedar tranquilo —dije sin preámbulos.

Alexander tomó un sorbo de su bebida y finalmente me miró. Su mirada bajó por mi bata de seda, deteniéndose un segundo más de lo necesario en el escote antes de volver a mis ojos.

—Julián es un insecto —respondió—. Ya me encargué de él. Mañana no tendrá crédito en ningún banco ni recomendación en ninguna firma de la ciudad.

—No conoces a la gente como él, Alexander —insistí, acercándome—. Él no tiene nada que perder ahora. Si Isabella lo contacta, le dará toda la munición que necesita para destruir tu reputación antes de que el consejo te nombre CEO.

Alexander se levantó del sillón. Su altura y su presencia física siempre me tomaban por sorpresa, recordándome que, a pesar de sus modales refinados, era un hombre que sabía cómo usar la fuerza si era necesario.

—Isabella es inteligente, pero tiene un punto débil: su orgullo —dijo Alexander, caminando hacia mí—. Ella cree que puede manipular a mi abuelo. Lo que no sabe es que Dimitri ya la ha descartado. Él quiere sangre nueva en la familia. Sangre que no esté contaminada por las alianzas políticas de los rivales de los Volkov.

Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude ver las pequeñas cicatrices que tenía en los nudillos, como si alguna vez hubiera peleado con las manos desnudas.

—¿Y por qué me elegiste a mí, Alexander? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. No me digas que fue por mi autenticidad. Hay miles de mujeres auténticas en el mundo. ¿Qué hay de diferente en mí?

Él extendió una mano y, por primera vez, su toque no fue rudo. Acarició un mechón de mi cabello recién teñido, deslizándolo detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron mi piel y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Porque eres la única que me mira con asco después de ver mi cuenta bancaria —confesó, y por un momento, la máscara de CEO desapareció, dejando ver a un hombre que parecía estar profundamente aburrido de su propia existencia—. Todos los demás quieren un pedazo de lo que tengo. Tú solo quieres salvar a alguien a quien amas. Me recuerdas a alguien que perdí hace mucho tiempo.

—¿A quién? —pregunté, intrigada por ese atisbo de vulnerabilidad.

Alexander se tensó de inmediato. El muro de hielo volvió a levantarse, más alto que antes. Retiró la mano de mi rostro como si se hubiera quemado.

—Eso no es parte del contrato, Elena. Vuelve a tu habitación. Mañana es un día largo.

—Alexander...

—Vete —ordenó, volviéndose hacia la chimenea—. Y cierra la puerta al salir.

Salí de su habitación con el corazón acelerado. Había visto algo. Una grieta en la armadura del Rey de Hielo. Alexander Volkov no era solo un calculador; era un hombre herido que usaba el dinero y el poder como un escudo contra el mundo.

Esa noche, sin embargo, el sueño no llegó fácilmente. Cerca de las tres de la mañana, un ruido en el pasillo me despertó. Me senté en la cama, con los sentidos alerta. Escuché voces bajas, una discusión que venía de la planta baja.

Me puse la bata y salí sigilosamente. Me asomé por la barandilla y vi a Alexander en el vestíbulo. No estaba solo. Viktor estaba con él, y sostenía a alguien por los brazos. Mi corazón se detuvo al reconocer la chaqueta barata.

Era Julián. Estaba sangrando por el labio y parecía aterrorizado.

—Te lo advertí —la voz de Alexander era un susurro letal que cortaba el aire—. Te dije que no volvieras a acercarte a ella.

—¡Ella es una estafadora! —gritó Julián, aunque su voz temblaba—. ¡Tengo las pruebas de que el niño no es tu hermano, Alexander! ¡Es tu hijo! ¡Elena se quedó embarazada hace meses y te está usando para darle un apellido!

Me quedé paralizada en la escalera, agarrando el pasamanos tan fuerte que mis nudillos se pusieron blancos. Era una mentira, una mentira absurda y desesperada de Julián, pero en el mundo de los Volkov, una mentira bien contada podía ser tan destructiva como la verdad.

Alexander se acercó a Julián y le propinó un golpe rápido en el estómago que lo dejó sin aire.

—Sácalo de aquí, Viktor —ordenó Alexander, con una calma que me dio más miedo que sus gritos—. Y asegúrate de que no pueda hablar con nadie durante los próximos tres días. Ni con la prensa, ni con Isabella, ni con su sombra.

Viktor arrastró a Julián hacia el sótano de la mansión. Alexander se quedó solo en el vestíbulo, respirando con dificultad. Entonces, como si sintiera mi mirada, levantó la vista hacia la escalera.

Nuestros ojos se encontraron en la penumbra. Él sabía que yo lo había visto. Sabía que ahora yo conocía el lado oscuro que ocultaba tras sus trajes de diseño.

—Vuelve a la cama, Elena —dijo, su voz carente de toda emoción—. Mañana serás mi esposa. Y nada de lo que ese hombre diga cambiará el hecho de que ahora, tu pasado me pertenece tanto como tu futuro.

Me di la vuelta y corrí hacia mi habitación, cerrando la puerta con llave. El miedo que sentía ahora era diferente. No era miedo por mi hermano, ni miedo a la pobreza. Era el miedo de darme cuenta de que me estaba casando con un hombre que no se detendría ante nada para mantener el control.

Y lo más aterrador de todo era que, a pesar de haberlo visto golpear a alguien, a pesar de su frialdad y sus amenazas, una parte de mí se sentía protegida por esa misma oscuridad.

Al mirar el amanecer desde mi ventana, comprendí que la Etapa 1 de nuestro contrato había terminado. La transacción financiera había muerto. Lo que quedaba era algo mucho más peligroso: una alianza de sangre en un nido de víboras donde yo era la presa más vulnerable... o la más letal.

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