Capítulo 3: El peso de la corona

El aire en la habitación se volvió denso, casi sólido. Alexander estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su pecho a través de la fina seda de mi camisón, un contraste violento con la frialdad de sus palabras. Su aliento, con un ligero rastro de whisky de malta, me rozó la mejilla cuando se inclinó aún más.

—¿Un heredero? —mi voz fue un hilo apenas audible, una mezcla de incredulidad y terror—. Eso no estaba en el contrato. Alexander, dijiste... dijiste habitaciones separadas. Dijiste que me dejarías ir.

Él soltó una risa amarga, un sonido bajo que vibró en mi propio pecho. Dejó la botella de whisky sobre la mesa de noche con un golpe seco que me hizo saltar.

—El contrato que firmaste tiene una cláusula de "contingencia por estabilidad dinástica" —dijo, pronunciando cada palabra con una precisión cruel—. Mi abuelo ha visto demasiados matrimonios de conveniencia desmoronarse. Él quiere garantías. Quiere saber que la línea sucesoria está asegurada antes de transferir las acciones de la división europea. Si no hay un embarazo en los primeros seis meses, él tiene el derecho de anular el matrimonio y, por extensión, todos los beneficios que conlleva.

Me incorporé en la cama, tratando de poner distancia entre nosotros, pero Alexander puso una mano a cada lado de mi cuerpo, atrapándome. Sus ojos grises, usualmente como hielo, ahora parecían metal fundido bajo la luz tenue de la habitación.

—No soy un animal de cría, Alexander —le espeté, recuperando un poco de mi fuego interno—. No puedes simplemente comprar un hijo. No puedes obligarme a esto.

—No te obligaré a nada que no aceptes —respondió él, aunque su mirada decía lo contrario—. Pero piénsalo, Elena. Si mi abuelo anula el trato mañana, tu hermano será trasladado a una clínica pública antes del mediodía. ¿Crees que sobrevivirá a un traslado en su estado? ¿Crees que el hospital seguirá dándole los medicamentos de alta gama que yo estoy pagando sin una garantía financiera detrás?

Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. La habitación empezó a dar vueltas. Él sabía exactamente dónde presionar. Sabía que mi hermano era mi único punto débil, mi tendón de Aquiles.

—Eres un monstruo —susurré, con las lágrimas agolpándose en mis ojos—. Un monstruo egoísta que usa la vida de un niño para asegurar sus malditas acciones.

Por un segundo, solo un segundo, vi una sombra de algo cruzando su rostro. ¿Remordimiento? ¿Dolor? Fue tan rápido que pensé que lo había imaginado. Su máscara de frialdad volvió a colocarse de inmediato, más rígida que nunca.

—Soy el hombre que salvó a tu hermano cuando nadie más lo hizo —me corrigió con voz gélida—. Y ahora, soy el hombre que necesita que juegues tu papel hasta el final. No te estoy pidiendo que me ames, Elena. Ni siquiera te estoy pidiendo que me desees. Solo te estoy diciendo cuál es el precio de la supervivencia en este mundo.

Se alejó de la cama, dándome finalmente espacio para respirar. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines oscuros de la mansión. Su silueta, recortada contra la luz de la luna, se veía increíblemente solitaria a pesar de todo su poder.

—No tiene que ser esta noche —dijo, sin mirarme—. Mi abuelo espera resultados, pero no es un bárbaro. Sin embargo, en la gala de mañana, el mundo entero debe creer que no podemos quitarle las manos de encima al otro. Habrá cámaras, habrá enemigos esperando un desliz. Si fallas, si muestras un ápice de duda o asco, todo se termina.

—¿Por qué yo? —pregunté, abrazando mis rodillas contra mi pecho—. Podrías haber elegido a cualquier mujer de tu círculo social. Alguien que supiera cómo jugar este juego, alguien que quisiera tu dinero.

Alexander se giró lentamente. La luz de la luna iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras.

—Porque tú no me tienes miedo, Elena. Me odias, lo cual es útil, pero no te escondes. Todas las demás mujeres que conozco son sombras de sus padres o de sus ambiciones. Tú... tú eres real. Y mi abuelo, por muy despiadado que sea, siempre ha valorado la autenticidad. Él cree que te elegí por pasión, no por estrategia. Y eso es lo que nos mantendrá a flote.

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo.

—Mañana a las siete. No me hagas esperar. Y Elena... intenta dormir. Tienes ojeras, y mi esposa no puede permitirse parecer cansada antes de su presentación oficial.

Cuando la puerta se cerró tras él, me dejé caer contra las almohadas, agotada. Mi mente era un caos de pensamientos oscuros. ¿Realmente era capaz de hacer lo que él pedía? ¿Podría entregar mi cuerpo a un hombre que me veía como una transacción comercial?

Pasé el resto de la noche en un estado de vigilia. Cada vez que cerraba los ojos, veía a mi hermano sonriendo, ajeno al precio que yo estaba pagando por su salud. Recordé nuestras tardes en el parque, su risa contagiosa, su sueño de ser arquitecto. Todo eso dependía de mí.

Al amanecer, me levanté y caminé hacia el gran espejo del vestidor. Mi reflejo ya no era el de la Elena Castillo que trabajaba en una editorial y soñaba con publicar su propia novela. Mi cabello estaba perfectamente peinado, mi piel brillaba gracias a los tratamientos costosos, pero mis ojos... mis ojos contaban una historia de cautiverio.

A las siete en punto, el equipo de estilistas regresó. Esta vez, el ambiente era más tenso. Sabían que hoy era el día importante. Me pusieron un vestido que solo podía describirse como una armadura de cristal: miles de pequeños cristales cosidos a mano sobre una base de seda color nude que daba la ilusión de que mi piel estaba cubierta de luz. Era una prenda obscenamente cara, diseñada para atraer todas las miradas.

—Está lista, señora Volkov —dijo la jefa de estilistas con un tono de reverencia.

Salí de la habitación y lo encontré a él, esperando en el pasillo. Llevaba un esmoquin negro que lo hacía ver como el mismísimo diablo en una gala de ángeles. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, y esta vez, no fue una mirada comercial. Fue algo primario, un fuego que no pudo ocultar del todo.

—Estás... aceptable —dijo, aunque su voz sonó un poco más áspera de lo normal.

—Tú también estás "aceptable", Alexander —respondí con sarcasmo.

Él extendió su brazo. Dudé un segundo antes de apoyar mi mano sobre él. Sus músculos estaban tensos bajo la tela fina.

—Recuerda —susurró mientras caminábamos hacia la gran escalera—. Sonrisas, toques discretos, miradas de complicidad. Si alguien te pregunta por nuestra relación, di que fue un flechazo instantáneo.

—¿Un flechazo? Eso es muy poco original para un hombre tan inteligente como tú —comenté mientras bajábamos los escalones.

—A la gente le encantan los cuentos de hadas, Elena. Les ayuda a ignorar la realidad de que el mundo es un vertedero.

El chofer nos esperaba en la entrada. El trayecto hacia el hotel donde se celebraba la gala fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por el zumbido del motor. Pero al llegar, el ruido fue ensordecedor. Decenas de fotógrafos estaban apostados en la alfombra roja, y en cuanto la puerta del coche se abrió, los flashes empezaron a estallar como metralla.

Alexander salió primero y luego me ofreció la mano. Al tocarlo, sentí una descarga eléctrica que me recorrió el brazo. Me atrajo hacia él, rodeando mi cintura con una fuerza posesiva que gritaba propiedad ante el mundo.

—Sonríe, Elena —me ordenó entre dientes mientras los flashes nos cegaban—. Este es el comienzo de tu nueva vida.

Caminamos por la alfombra roja, y por primera vez, sentí el peso de la corona que él me había puesto. La gente susurraba a nuestro paso: "¿Quién es ella?", "¿De dónde salió?", "¿Cómo pudo ella atrapar al lobo Volkov?".

Entramos al gran salón, un lugar de techos altos y lámparas de araña que hacían que todo pareciera bañado en oro. Pero antes de que pudiéramos dar diez pasos, una mujer alta, de una belleza gélida y un vestido rojo que parecía sangre, se interpuso en nuestro camino.

—Alexander, querido —dijo ella, con una voz que era puro veneno—. No sabía que habías decidido contratar a una acompañante de última hora para la gala.

Sentí que Alexander se tensaba a mi lado. Sus dedos se hundieron en mi cintura, un gesto que en otras circunstancias habría sido doloroso, pero que ahora se sentía como un ancla.

—Isabella —dijo Alexander, con una voz que podría haber cortado diamantes—. Te presento a Elena Castillo. Mi prometida.

La mujer, Isabella, me miró como si fuera una mancha de grasa en una alfombra de lujo.

—¿Prometida? —soltó una risotada falsa—. No sabía que tenías sentido del humor, Alexander. ¿Y qué opina tu abuelo de esta... elección tan pintoresca?

Fue entonces cuando lo vi. No muy lejos de nosotros, Dimitri Volkov nos observaba con una copa de champán en la mano y una expresión ilegible.

—A mi abuelo le encanta Elena —respondió Alexander, y de repente, se giró hacia mí.

Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura fingida que me heló la sangre. Se inclinó y me besó.

No fue un beso de amor. Fue un beso de guerra, un reclamo frente a sus enemigos. Pero mis labios, traidores, respondieron a la presión de los suyos. El sabor a whisky y a poder me inundó, y por un momento infinito, el resto del mundo desapareció.

Cuando se separó, sus ojos grises estaban oscuros, casi negros.

—Como puedes ver, Isabella, no es una acompañante. Es la futura dueña de todo esto —dijo Alexander, volviendo su atención a la mujer, que se había quedado pálida de rabia.

Caminamos hacia la barra, y en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos, me solté de su agarre.

—No vuelvas a hacer eso sin avisarme —siseé, tratando de controlar el temblor de mis manos.

—Te avisé, Elena. Dije que teníamos que ser convincentes.

—Eso no fue convincente, Alexander. Eso fue... —me quedé sin palabras, incapaz de admitir que el beso me había afectado más de lo que quería.

—¿Fue qué? —preguntó él, con una sombra de arrogancia volviendo a su rostro.

—Fue innecesario.

Él se acercó de nuevo, invadiendo mi espacio personal.

—Nada es innecesario cuando hay tanto en juego. Y ahora, prepárate. Mi abuelo viene hacia aquí, y por la cara que trae, el tema del heredero va a volver a salir antes de que termine la noche.

Miré hacia donde Dimitri se acercaba con paso firme. El nudo en mi estómago volvió a apretarse. El juego acababa de subir de nivel, y yo no estaba segura de tener las cartas necesarias para ganar. Lo que Alexander no sabía era que Isabella no era la única persona en esa sala que conocía mi pasado, y vi a alguien al fondo del salón, alguien que no debería estar allí, que me miraba con una mezcla de sorpresa y malicia.

El pasado estaba a punto de colisionar con mi presente de cristal, y el contrato de Alexander Volkov estaba a punto de romperse de la forma más violenta posible.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP