El miércoles por la tarde se abrió paso en el distrito financiero con un sol crudo que iluminaba las vidrieras de mi nuevo taller.
Tras el cierre del round de tensión que habíamos dejado atrás en la cocina del penthouse, donde Ezra había quebrado el protocolo de mis cinco reglas, me refugié en el trabajo. La quiebra del protocolo a puerta cerrada seguía enviándome descargas eléctricas directas hacia mi cuerpo, pero no podía permitir que mi agitación matutina interfiriera con la primera fase de