Las puertas doradas del ascensor privado se deslizaron con un susurro digital casi imperceptible al llegar al piso más alto de la Torre Vardan.
Crucé el umbral a pasos rápidos y firmes sobre el reluciente suelo de mármol, buscando de forma desesperada la zona segura del salón principal. Necesitaba que la inmensidad del espacio barriera de mi cuerpo el aroma embriagador a madera y ámbar, que se había quedado impregnado en la seda marfil de mi vestido de corte minimalista.
Detrás de mí, la camina