El sonido sordo y pesado de la puerta del sedán negro blindado cerrándose a mis espaldas funcionó como el finiquito abrupto del espectáculo que acabábamos de montar ante la élite del país.
Me deslicé sobre los asientos de cuero italiano del vehículo, sintiendo que mis piernas, todavía afectadas por el dolor sordo de sostener los tacones altos, flaqueaban debido a la adrenalina que me corría por las venas. El entorno aristocrático del club de campo comenzó a quedar atrás conforme el chofer priva