Mundo ficciónIniciar sesión¡Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe! Estoy animada por el fin de semana. Denise, mi mejor amiga, pasa por mí temprano y paramos por café. El día está nublado y llueve suavemente, pero el clima no aminora la energía de Denni, que habla sin parar mientras maneja.
“Salgamos,” dice ella. “Hace tanto que no salimos. Te extraño”.
“Hmm, bien. No creo que eso sea culpa mía, Denni. Desde que empezaste a salir con Andrés casi no tienes tiempo para mí,” le contesto, fingiendo enojo pero conteniendo la sonrisa.
“Tienes razón, soy una ingrata,” me contesta riendo. “Pero te tengo una sorpresa para compensártelo”.
“¿Qué estarás tramando, Denni Alejandra? Suéltalo todo de una vez,” exijo con seriedad de mentira.
“Andrés tiene un amigo... Se llama Mateo,” empieza a decir Denni cautelosa.
Ella sabe que no me gustan las citas a ciegas. “Sé que no te gusta salir con desconocidos, pero ya yo lo conocí y se ve de lo más agradable. Andaaa, solo iremos por pizza”.
Emito un gruñido de fastidio. “Bueno, lo haré por ti. Pero me debes una, esta te la cobro”.
Llegamos al colegio. Denni parquea con habilidad mientras me indica, con cierto descaro, “¡Qué me vas a estar cobrando tú nada! Ya verás que Mateo te va a encantar. Además, no es por nada, pero es un papacito”.
Reviro los ojos y me despido de Denni.
Este año estamos en secciones distintas del colegio y no nos veremos sino hasta el almuerzo. Camino hasta mi salón, mientras saboreo las últimas gotas de mi café. El sol ha empezado a salir tímidamente. Ventajas del trópico: aunque el día empiece gris, siempre puedes esperar que el tiempo se torne cálido rápidamente.
Mientras camino, pienso en las cosas que debo hacer antes de empezar. Hay material que debo imprimir, una cartelera nueva que preparar y correos de padres de familia que contestar. También debo preparar una carpeta nueva para el chico nuevo, familiarizarme con toda su información, organizarle algún detalle de bienvenida…
El hilo de mis pensamientos se interrumpe súbitamente al darme cuenta de que la luz de mi salón está encendida.
‘Raro,’ pienso, porque mis estudiantes no llegarán sino hasta dentro de una hora.
Abro la puerta y me encuentro un pequeño chico pelirrojo sentado ante una de las mesas en el centro del salón, esperando.
“Hola, amiguito. ¿Cómo te llamas? ¿Qué estás haciendo aquí?” pregunto con afecto, para no asustarlo. Sin embargo, no recibo respuesta. El chico solo se voltea a mirarme con una expresión muy neutra.
“¿Eres hijo de algún empleado del colegio?” continúo indagando. Ninguna respuesta. El niño solo me mira, sin temor pero sin interés en contestarme o establecer un vínculo o conversar conmigo.
Pruebo otra opción. “Do you speak English? Tu parles français? Sprichst du Deutsch?” Nada. Solo me mira con atención. Último intento. Saco de mi cajón un pequeño chocolate. “Chocolat?” digo con mi mejor pronunciación internacional. Eso sí lo entendió. Me sonríe suavemente y me extiende la mano. Examina el chocolate, lo desenvuelve con cuidado y se lo come. Al terminar, se levanta y tira el envoltorio en la papelera. Me mira y me agradece con un gesto: sonríe nuevamente e inclina levemente la cabeza. Se ve que es un niño bien educado, inteligente y amable. Click. Ya sé quién es. Pero, ¿qué hace aquí?
“Un momento, creo que ya sé quién eres,” digo en tono de juego. “Pero aún no estoy segura. Es mejor asegurarme.”
Saco una lupa de mi escritorio y me acerco al chico, fingiendo que voy a examinarlo como un científico que cataloga un insecto. Con la lupa, reviso sus cabellos rojizos. Lo examino detrás de las orejas, levanto con delicadeza su brazo derecho y miro debajo de este y luego hago lo mismo con el izquierdo. Al niño le está gustando el juego. Sonríe complacido. Finalmente, con un dedo, toco suavemente su barriguita, donde sospecho que tendrá cosquillas. Doy en el blanco y el niño suelta una pequeña carcajada y se retuerce un poco. “¡Ajá! ¡Ya sé quién eres! Eres Asbjørn”.
El niño sonríe y asiente, un poco sorprendido de que sepa quién es. Yo sonrío de vuelta, aliviada de haber resuelto el misterio. Y contenta de que anoche se me ocurriera buscar en internet la pronunciación del nombre y practicar un rato.
“Bueno, peque, vamos a buscar a Rosaura a ver qué hacemos contigo hoy,” le digo ofreciéndole mi mano.
Rosaura, quien acaba de llegar, está tan sorprendida de ver a Asbjørn como yo. Conversamos un rato sobre qué hacer ante la mirada atenta del niño. Mi coordinadora intenta llamar al padre, sin éxito. Finalmente logra comunicarse con su asistente, pero no logra que entienda que el niño no debe estar en el colegio y mucho menos tan temprano. Imagino que el asistente le ofrece pagar lo que haga falta, porque Rosaura ya está perdiendo la paciencia y le repite que no se trata de dinero, sino de la seguridad y el bienestar del niño. Ante la imposibilidad de que el asistente entienda esto, Rosaura le pide que le indique al señor Jansen que debe presentarse a recoger a su hijo para poder clarificar los protocolos del colegio. Cuelga el teléfono y me mira con cierto cansancio.
“Tenlo en tu salón por hoy,” suspira. “Sé que no es lo acordado pero te apoyaré en lo que pueda. Hablaré con su padre al final del día.”
Asbjørn pasa un buen día en mi salón. No habla pero su lenguaje corporal le ayuda a comunicarse con sus compañeros. Empiezo por darle tareas sencillas, pero rápidamente noto que puede con todo lo que están haciendo los demás chicos. El español no parece ser una barrera infranqueable y en inglés su desempeño es excelente.
Socialmente, lamentablemente, no tiene tanto éxito. Algunos compañeros lo invitan a jugar en el recreo, pero Asbjørn prefiere quedarse pintando y haciendo muñecos con plastilina. Me llama la atención un dibujo de un barco en el mar. Se nota que es un barco grande, como un buque de carga, pero lo ha dibujado pequeño, para que la perspectiva nos informe que el barco está muy lejos del puerto que aparece a la derecha del dibujo. Se ve tan solitario, tan triste…
Me duele el corazón un poco al pensar en esta criatura en un país nuevo, sin su madre. No puedo evitar sentir cierta rabia hacia su padre por haberlo dejado tan temprano, solito, en una nueva escuela sin nadie que lo recibiera. ¿En qué estaría pensando este señor? No es un tema de horarios ni de dinero. Es un chico que necesita amor y acompañamiento, y un adulto que debería saberlo y dárselo. Pero, por lo visto, para el señor Jansen eso no era suficiente para quedarse un ratito con él.







