Trescientos diez años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana se había convertido en un ser vivo, consciente y eterno. Los árboles dorados no solo cubrían el paisaje; lo definían. Sus raíces se entrelazaban bajo la tierra como una red neuronal global que conectaba comunidades, recuerdos y futuros. Sus frutos se usaban en rituales de iniciación, en bodas, en nacimientos y en funerales. Cada mordisco era un acto de memoria colectiva y de rebeldía silenciosa.
Lira XXVI,