Trescientos años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había convertido en un ser vivo, consciente, casi sagrado. Los árboles dorados no solo cubrían el paisaje; lo definían. Sus raíces se entrelazaban bajo la tierra como una red neuronal global que conectaba comunidades, recuerdos y futuros. Sus frutos se usaban en rituales de iniciación, en bodas, en nacimientos y en funerales. Cada mordisco era un acto de memoria colectiva.
Lira XXV, de treinta y siete años, caminaba