Trescientos años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un bosque. Era un mundo vivo, un pulmón consciente que respiraba con el ritmo del planeta. Los árboles dorados se extendían hasta el horizonte, formando un tapiz infinito de luz que se veía desde el espacio como una herida de oro en la corteza terrestre. Sus raíces se entrelazaban bajo la tierra como una red neuronal global que conectaba comunidades, recuerdos y futuros. Sus frutos se usaban en ritual