La Última Manzana"

Ciento sesenta años después de aquella noche que lo cambió todo.

La colina ya no era solo un lugar sagrado. Era el origen de un nuevo mundo. El “Valle de la Manzana” se extendía por kilómetros, un bosque dorado donde la gente iba a recordar, a sanar y a soñar. Escuelas, centros de arte, comunidades y laboratorios convivían en armonía, todos inspirados en la historia del CEO y la Indomable.

Lira XIV, de veintinueve años, era la actual guardiana del legado. Alta, de cabello negro que caía como una cascada salvaje y ojos que brillaban con vetas doradas y plateadas, tenía la misma presencia magnética que todas las Liras anteriores. Esa mañana estaba sola en la cima de la antigua torre, mirando el vasto valle que se extendía a sus pies.

A su lado estaba su pareja, Kael III, quien llevaba el nombre de su tatarabuelo con humildad y orgullo.

—Hoy es el día —dijo ella en voz baja—. Ciento sesenta años. Voy a cerrar el ciclo.

Kael III tomó su mano.

—¿Estás segura?

Lira XIV asintió.

—Es hora de que la historia deje de ser contada… y pase a ser vivida.

Por la tarde, más de cien mil personas llenaron el gran anfiteatro y las colinas circundantes. Lira XIV subió al escenario con una sola manzana dorada en la mano. Su voz resonó clara y poderosa:

—Hace ciento sesenta años, una mujer entró completamente desnuda en la torre más alta del mundo. No tenía nombre, no tenía poder, solo tenía una manzana y una voluntad indomable. Esa mujer era mi tatarabuela Lira Sol. Y esa noche, cambió el destino de todos nosotros.

Contó la historia por última vez con detalle crudo y hermoso. Cuando terminó, levantó la manzana dorada hacia el cielo.

—Esta es la última manzana que plantaremos como símbolo. A partir de hoy, cada uno de vosotros debe plantar la suya propia. El legado ya no es nuestro. Es vuestro.

Mordió la manzana frente a todos.

Una luz dorada envolvió el anfiteatro. Por unos segundos, las figuras etéreas de Kael y Lira aparecieron ante la multitud, jóvenes y radiantes. Lira sonrió con ferocidad. Kael inclinó la cabeza con respeto. Luego se desvanecieron en una lluvia de partículas doradas que cayeron como una bendición final.

Esa noche, la familia se reunió en la casa de la colina por última vez como “guardianes del legado”. Lira XIV plantó la última semilla dorada en el centro del claro. Al día siguiente, un nuevo árbol comenzó a crecer.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban con paz absoluta.

—Nuestro trabajo aquí ha terminado —dijo Lira con una sonrisa serena.

Kael la abrazó con fuerza.

—Ahora son ellos quienes escriben la historia.

Se besaron una vez más, eternos, radiantes y profundamente enamorados. Luego, tomados de la mano, se alejaron hacia la luz, dejando atrás el plano eterno.

En la colina, Lira XIV sintió una brisa cálida final. Sonrió con lágrimas en los ojos.

—Gracias —susurró—. Por todo.

Y así, la historia del CEO y la Indomable llegó a su capítulo más hermoso: el momento en que dejaron de ser los protagonistas para convertirse en el viento que impulsa a todos los que vienen después.

No fue un final.

Fue una liberación.

Una invitación abierta.

Una promesa de que mientras hubiera alguien dispuesto a morder una manzana y amar sin miedo, su llama seguiría ardiendo.

Lira XIV se quedó de pie en el balcón de la antigua torre durante largo rato después de la ceremonia. El sol se ponía sobre el Valle de la Manzana, tiñendo los miles de árboles dorados con tonos rojizos y anaranjados. El viento traía el dulce aroma de las frutas maduras y el eco lejano de las risas de la gente que aún celebraba abajo.

Su pareja, Kael III, se acercó por detrás y la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—Fue perfecto —murmuró él—. La gente no solo escuchó la historia. La sintió.

Lira XIV suspiró profundamente.

—Siento que hoy cerramos un ciclo muy largo. Ciento sesenta años de contar la misma historia… y ahora les toca a ellos escribir la suya.

Kael III la giró suavemente y la miró a los ojos.

—¿Y tú? ¿Estás lista para dejar de ser “la guardiana” y simplemente ser Lira?

Ella sonrió con esa sonrisa indomable que había heredado de su tatarabuela.

—Más que lista. Quiero viajar. Quiero ver los otros planos. Quiero escribir mi propia historia, no solo repetir la de ellos.

Esa noche, la familia se reunió por última vez en la casa de la colina como “custodios del legado”. La mesa estaba llena de comida, vino y, por supuesto, manzanas doradas. Cuatro generaciones completas estaban presentes. Los más jóvenes escuchaban embelesados mientras los mayores contaban anécdotas que ya se habían convertido en mito.

Lira XIV se levantó al final de la cena y miró a todos con emoción.

—Hoy quiero proponer algo. A partir de mañana, el Santuario dejará de ser un lugar de memoria para convertirse en un lugar de creación. Ya no contaremos solo la historia de Kael y Lira. Empezaremos a contar las vuestras. Las de cada uno de vosotros.

La propuesta fue recibida con aplausos y lágrimas. Su hija de ocho años, Nova II, se subió a una silla y levantó una manzana.

—¡Yo quiero ser la próxima indomable! —gritó.

Todos rieron con cariño.

Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, Lira XIV y Kael III se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con una mezcla de nostalgia y esperanza. Kael III la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras ella gemía su nombre, aferrándose a él como si fuera su ancla en medio de un cambio tan grande. Sus cuerpos se movieron con el fuego heredado, intenso y sin vergüenza, como si estuvieran despidiéndose de una era y dando la bienvenida a otra.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba, mirando las estrellas.

—Quiero que nuestro próximo hijo nazca sabiendo que puede elegir cualquier camino —susurró Lira XIV.

—Entonces le enseñaremos a elegir con amor y con coraje —respondió Kael III.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con una paz profunda y serena.

—Nuestra bisnieta ya no nos necesita —dijo Lira con una sonrisa tranquila.

Kael la abrazó con fuerza y besó su sien.

—Ese era el objetivo desde el principio. Que nuestra llama no se apagara, sino que se convirtiera en miles de llamas diferentes.

Se besaron una vez más, eternos, radiantes y profundamente enamorados, mientras veían cómo su familia continuaba escribiendo su propia historia.

Al amanecer del día siguiente, Lira XIV encontró una última manzana dorada sobre su escritorio. Esta vez no había nota. Solo la fruta, brillante y perfecta. La tomó, le dio un mordisco grande y miró hacia el horizonte con lágrimas de gratitud y liberación.

—Gracias —susurró—. Por todo lo que nos disteis. Por el fuego. Por la libertad. Por enseñarnos que amar es el mayor acto de rebeldía.

La manzana sabía diferente. Más dulce. Más profunda. Como si contuviera el amor acumulado de ciento sesenta años.

Y así, la historia del CEO y la Indomable llegó a su capítulo más hermoso: el momento en que dejaron de ser los protagonistas para convertirse en el viento que impulsa a todos los que vienen después.

No fue un final.

Fue una entrega.

Una invitación abierta.

Una promesa de que mientras hubiera alguien dispuesto a morder una manzana y amar sin miedo, su legado seguiría vivo

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