Doscientos noventa años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había transformado en un ecosistema vivo y consciente. Los árboles dorados no solo daban frutos, sino que parecían responder al estado emocional de quienes caminaban entre ellos. Sus hojas brillaban más fuerte cuando alguien sentía amor verdadero, y se oscurecían cuando el miedo intentaba arraigar. El Santuario ya no era un lugar de peregrinación. Era el corazón de una civilización que había aprendido a convi