Doscientos ochenta y cinco años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un continente entero de luz y memoria viva. Los árboles dorados se extendían hasta donde el ojo podía alcanzar, formando un bosque que respiraba con el ritmo del planeta. Sus frutos no se comían por hambre, sino por ritual: cada mordisco era un acto de memoria y rebeldía.
Lira XXIII, de treinta y nueve años, estaba de pie en el centro del Laboratorio Ancestral, observando una grie