La mansión Alarcón se encontraba envuelta en un silencio extraño, pesado, como si los muros mismos hubieran absorbido las tragedias que estaban ocurriendo sin que nadie pudiera verlas con claridad. Sofía, la madre de Aitana, caminaba por los largos pasillos de mármol, su rostro apagado por una mezcla de confusión y dolor. Desde la muerte de Alejandro, todo había sido una niebla de preguntas sin respuestas. Y aunque aún no conocía todos los detalles, una sospecha se había instalado en su corazón