El despacho estaba sumido en una pesada penumbra, solo iluminado por la tenue luz que se filtraba desde la ventana, reflejándose sobre los muebles antiguos y los estantes llenos de libros polvorientos. El ambiente estaba cargado de tensión. Aitana, de pie frente a la gran mesa de caoba, cruzaba los brazos sobre su pecho, incapaz de apartar la mirada de Adrián, quien permanecía sentado en la silla de cuero, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
Aitana apenas podía creerlo. Todo lo que ha