El aire en la montaña era fresco, cargado con el aroma de los pinos y el eco de las aves que revoloteaban en el cielo gris. Nicolás, sentado en el porche de la pequeña cabaña que ahora llamaba hogar, contemplaba el horizonte con el ceño fruncido. Aunque la vida en ese lugar le había otorgado una especie de paz, una sombra oscura continuaba acechándolo. Su exilio no era solo una condena, sino una constante advertencia de que su libertad era condicional, frágil.
El crujido de la puerta de la caba