El reloj marcaba las seis de la tarde cuando la llamada llegó al despacho de Adrián. La oficina estaba bañada por una luz tenue, el sol apenas brillaba sobre las montañas que rodeaban la mansión donde operaba. Sus ojos se entrecerraron mientras sostenía el teléfono, con el ceño fruncido, esperando la noticia que cambiaría el curso de su día.
—Señor, hemos perdido el rastro de Nicolás Valverde —dijo una voz al otro lado de la línea. Era uno de sus agentes, encargado de seguir cada movimiento de