Adrián se paseaba de un lado a otro en su oficina, su ceño fruncido y la mandíbula apretada. Algo no encajaba. La información que acababa de recibir lo había dejado inquieto, algo que no solía suceder con frecuencia. La noticia de que Aitana Alarcón estaba transfiriendo todos sus activos a varias sociedades pequeñas sin ningún poder aparente era desconcertante.
Uno de sus hombres de confianza entró rápidamente en la sala.
—Señor, hemos comenzado a investigar las sociedades. No tienen ningún pod