Aitana estaba sentada en su despacho, mirando a través de las grandes ventanas que daban hacia el jardín trasero. La mansión, antes vibrante y llena de vida, ahora parecía una fortaleza silenciosa. El peso de los últimos acontecimientos la aplastaba, y el vacío que sentía en su interior se hacía más profundo con cada minuto que pasaba. Tras la visita de Adrián, sabía que el tiempo se agotaba. Pero, aún así, no esperaba lo que estaba a punto de suceder esa noche.
Las luces en la casa eran mínima