Las explosiones aún resonaban en los oídos de Nicolás mientras él y Ricardo se refugiaban tras una pila de escombros en un intento por ocultarse del avance implacable de los atacantes. La adrenalina corría por sus venas, y en el caos, cada segundo parecía durar una eternidad. Podía oír el sonido de pasos acercándose y voces bajas que intercambiaban órdenes. Era evidente que este grupo estaba coordinado y bien entrenado, como si hubieran estado preparándose para esta misma situación desde hacía