La oscuridad en la oficina de Nicolás solo era rota por la luz tenue de un viejo escritorio, donde papeles desordenados y restos de café frío evidenciaban noches de insomnio. Sus ojos se movían rápidamente sobre un documento, aunque su mente parecía haberse estancado en un laberinto de pensamientos. La conversación con aquel hombre del banco había encendido una chispa de paranoia que no lograba apagar. Lo peor de todo era que, a pesar de su evidente manipulación, cada palabra resonaba en él con