Esa noche, Nicolás se encontraba en su oficina improvisada en el pequeño departamento que había alquilado al regresar a la ciudad. Los muebles eran mínimos, los adornos inexistentes. Solo estaba él, su computadora y la tenue luz del escritorio, como un refugio que le ofrecía escasa paz en medio del caos que había desatado.
Mientras miraba la pantalla, revisando los informes y los movimientos de sus rivales, no podía quitarse de la cabeza las palabras del hombre en la fábrica. Cada frase, cada i