El trayecto de regreso a la suite fue un vacío de palabras, pero cargado de una electricidad que hacía que el aire dentro de la limusina se sintiera denso. Liam no había soltado mi mano, y yo, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la urgencia de retirarla. Su defensa en el club no solo había destruido a Elena; había bombardeado el muro de hielo que yo había construido con tanto esmero.
Al entrar en la suite, Liam cerró la puerta y se quedó allí, apoyado contra la madera, observándome con u